Academia de las Nobles Artes
de San Carlos de la Nueva España

Proyecto de Casa. Alumno Miguel López. Academia de San Carlos. 1850.

Es ya bastante conocida la historia de la Iniciación de la enseñanza académica de la arquitectura en México: alrededor del año de 1779, el Grabador Mayor de la Casa de Moneda, Jerónimo Antonio Gil, que había estudiado en la academia de Nobles Artes de San Fernando, fue enviado a México por Carlos III con el objeto de mejorar la producción de la moneda, y establecer una academia de grabado. Organizada esta escuela, Gil no se conforma y entusiasma a Fernando José Mangino, superintendente de la Real Casa de Moneda, para promover la fundación de una academia de las nobles artes como en España. En lo que se refiere a la arquitectura, los errores cometidos por aficionados locales era un buen argumento: "la necesidad de buenos arquitectos es en todo el reino tan visible, que nadie puede dejar de advertirla; principalmente en México, donde la falsedad del sitio y el acelerado aumento de la población hacen muy difícil el acierto para la firmeza y comodidad de los edificios", informó Mangino.

Proyecto de Casa. Alumno Miguel López. Academia de San Carlos, 1850.

Convencidas las autoridades locales, ensalzadas las aficiones artísticas de la nobleza y logrados algunos subsidios, se inician las clases en 1781, utilizando provisionalmente el mismo edificio de Moneda (hoy Museo de las Culturas). Carlos III da su aprobación, expide los estatutos, escatima tres mil de los doce mil pesos anuales que le solicita el virrey Mayorga y recomienda el edificio de San Pedro y San Pablo para establecer la Academia. El 4 de noviembre de 1785 se verifica la inauguración oficial de la Academia de las Nobles Artes de San Carlos de la Nueva España. Contrastaba el pomposo nombre con la modestia de los cuartos que ocupó todavía por seis años en la misma Casa de Moneda. Gil es nombrado director general, y enseña grabado de medallas. Envían de la Academia de San Fernando al arquitecto Antonio González Velázquez para dirigir la sección de arquitectura, Manuel Arias para escultura, y Ginés Andrés de Aguirre y Cosme de Acuña como directores de pintura. Más tarde viene Joaquín Fabregat como director de grabado en lámina.

Grabado alegórico que figura al frente de los Estatutos de la Academia de San Carlos, 1785.Entre los estatutos se menciona que, para cada sección, habría cuatro alumnos pensionados que así podrían emplear todo su tiempo en el estudio, que deberían ser de sangre pura (españoles o indios), que cada tres años se entregarían medallas para mejores artistas, "y que ciertas personas asistirían a los salones de clase así para lo que pudiera ofrecerse a los directores como para impedir las conversaciones y juguetes de los jóvenes.”

Se empieza a formar la pinacoteca, con pinturas traídas principalmente de conventos suprimidos, y desde 1782 Carlos III ordena el envío de libros para formar la biblioteca de la Academia. Con la segunda remesa (1785) la biblioteca cuenta con 84 títulos de los cuales 26 eran de arquitectura. Bastaba ver los temas de éstos para darse cuenta de que estaba definida la tendencia de la escuela: tratados de Vitruvio y Viñola, en diferentes ediciones, otras obras sobre órdenes clásicos, Herculano, Pompeya, Antigüedad romana (Piranesi), La columna de Antonino, Las Antigüedades de Palmira entre otros. El primer profesor de arquitectura, González Velázquez era naturalmente de tendencias clásicas.

En 1791 viene a México Manuel Tolsá, con una colección de reproducciones en yeso de esculturas europeas famosas, quien sustituye a Manuel Arias como director particular de escultura. En el mismo año la Academia se establece en el edificio que había pertenecido al hospital del Amor de Dios, fundado para enfermos de bubas y males venéreos. Primero se rentó y después se compró el ex hospital y casas anexas permaneciendo allí definitivamente. Hubo intentos fallidos de construir un edificio para la Academia en donde se hizo después el Colegio de Minería, y también se intentó adaptar diversos locales.

El primer alumno que recibió el título de académico supernumerario en arquitectura fue Esteban González en 1788, quien presentó un proyecto de aduana. El grado de académico de mérito en arquitectura lo solicitan personas con experiencia como arquitectos: Tolsá, que ya poseía el grado en escultura desde España; Francisco Eduardo Tresguerras y José Damián Ortiz de Castro. Para graduarse los tres presentaron proyectos: Tolsá del Colegio de Minería, un retablo y la celda para la marquesa de Selva Nevada en el convento de Regina; Ortiz, que era maestro de arquitectura de esta ciudad y de la catedral, presentó un proyecto de reconstrucción de la iglesia de Tulancingo; Tresguerras solicitó el título en 1794, pero no se ha encontrado en los archivos de la Academia nada que demuestre que lo haya obtenido.

Los maestros de arquitectura que habían sido nombrados por el Ayuntamiento se tuvieron que recibir de académicos de mérito con la obligación de que antes de ejecutar una obra debían presentar el proyecto a la junta Superior de Gobierno, y sujetarse "sin réplica ni excusa alguna a las correcciones que se hicieran en ellos con apercibimiento de que en caso de contravención se les castigaría severamente". Sin embargo estos maestros, que generalmente sólo tenían conocimientos prácticos, resolvían sus problemas teniendo como dibujantes a los alumnos de la Academia. No se sabe desde cuando ni por qué la Academia expidió el título de agrimensor. Consta que Antonio Icháurregui, maestro mayor de arquitectura de Puebla y académico supernumerario de la Real de San Carlos solicita dicho título en el año de 1797.

La academia tardó en desenvolverse. En 1796 se enviaron trabajos de 11 alumnos (se incluyeron también de ex alumnos), a un concurso que se realizó en la Academia de Madrid, y las opiniones del jurado fueron bastante desfavorables; en relación con pintura y escultura se dijo que deberían tomarse mejores modelos para copiar y no amaneradas estampas francesas, y en cuanto a los futuros arquitectos se criticó la falta de principios fundamentales en dibujo, proporciones y ornato. En conocimientos técnicos parece que estaban peor: en 1795 y 1796 la Academia es consciente de sus problemas e informa al virrey que la enseñanza sería más efectiva si además de copiar a Vitruvio y el palacio de Caserta aprendieran la técnica de las monteas, cálculo de arcos y bóvedas, materias de construcción, "formación de cimbras, andamios y demás cosas pertenecientes a la práctica."

Si bien desde su fundación la Academia no contaba con suficientes recursos económicos, con las guerras de independencia empeoró. En 1811 dejaba de percibir la real dotación y en 1815 sus dos más fuertes contribuyentes, minería y el consulado, suspenden también sus entregas. Entre 1821 y 1824 no hubo más remedio que cerrar la Academia.

Resucita con pequeños donativos, por no decir limosnas, para volver a decaer diez años después. A los maestros y empleados se les llegan a deber hasta 19 meses de sus miserables sueldos, y todavía los profesores pagaban los gastos de alumbrado para las clases nocturnas.

En el periodo en que fue cerrada la Academia, algunos alumnos se pasaron al incipiente cuerpo de ingenieros militares. El brigadier Diego García Conde, español que no ostentaba el título de ingeniero, puede considerarse como fundador del arma de México. En 1822, nombrado director general de Ingenieros, solicitó del gobierno, como veterano de la nueva institución, oficiales que poseyeran conocimientos en matemáticas, prefiriéndose a quienes hubiesen hecho estudios en el Colegio de Minería o en la Academia de San Carlos. El artículo 8º del decreto de creación del Cuerpo Nacional de Ingenieros decía que "... auxiliarán las brigadas a los Estados en las obras de utilidad y ornato público que emprendan . La situación de la Academia de San Carlos no cambia sino hasta 1843 en que gracias a Antonio López de Santa Anna y al ministro de instrucción Manuel Baranda se decreta su completa reorganización. Se le concedió una lotería nacional que estaba ya desacreditada para que con sus productos cubriera los gastos. La Academia le dio impulso tal a dicha lotería, que hubo hasta sobrantes que se dedicaron a obras de beneficencia.

Vuelven a traerse de Europa directores de pintura, escultura y grabado con sueldos decorosos; se restablecen las pensiones enviando a seis jóvenes a perfeccionarse a Europa, y se compra el edificio que habían alquilado hasta entonces, concediéndosela el honor de ser el primer edificio de la capital que recibe el alumbrado de gas.

Entre 1847 y 1857, los cuatro años la carrera comprendían las siguientes materias: Primer año: aritmética, álgebra, geometría, dibujo al natural. Segundo: analítica, cálculo diferencial e integral, dibujo de arquitectura. Tercero: mecánica, geometría descriptiva, dibujo de arquitectura. Cuarto: estereotomía, mecánica de construcciones y construcción práctica, composición de arquitectura. Entre los profesores estaban Vicente Heredia, Manuel Gargollo y Parra, Manuel Delgado y los hermanos Juan y Ramón Agea, estos últimos habían sido pensionados en Europa y volvieron en 1853. Con dicho plan de estudios se recibieron, entre otros, Ventura Alcérrega, Luis G. Anzorena y Ramón Rodríguez Arangoity.

El Colegio de Minería preparaba ensayadores, ingenieros de minas, ingenieros topógrafos y muy eventualmente existían especialistas en carreteras, se graduaron ingenieros geógrafos, pero no había respuesta a la demanda que puentes, puertos y ferrocarriles que ya empezaran a desarrollarse en México.

En 1844-1846, el Ayuntamiento creó el cargo de ingeniero civil, en vez del de Maestro Mayor de la ciudad, que se utilizaba desde principios del siglo XVIII. Sin embargo, se trataba de un simple nombramiento que podían obtener los arquitectos o los ingenieros militares que mostraran tener, también, conocimientos de problemas de empedrados, instalaciones hidráulicas y servicios colectivos en general.

En 1856 el presidente Comonfort decreta que en la Escuela Nacional de Agricultura se aumentarían las cátedras para que quedaran establecidas tres carreras: agricultura, veterinaria e ingeniería. Se formarían tres tipos de ingenieros: topógrafos o agrimensores, ingenieros mecánicos e ingenieros de puentes y calzadas, mas todo hace suponer que no se llevó a cabo y la Academia de San Carlos tomó la iniciativa de fundar no una escuela anexa de ingeniería civil, sino una integración de ambas carreras. La razón de fusionar ingeniería y arquitectura pudo haber sido el regreso al concepto tradicional de la arquitectura, darle más importancia a los aspectos técnicos de la profesión, o tal vez ampliar las perspectivas de trabajo de los egresados.

Por encargo de la junta de Gobierno de la Academia, Juan Brocca, arquitecto y pintor mexicano que residía en Milán, se dedicó a buscar en Italia a una persona para el cargo de director de la sección de arquitectura, que habría de tener amplios conocimientos de ingeniería. Logra convencer a Javier Cavallari, profesor de la Universidad de Palermo, caballero de la Orden Alberto de Sajonia, socio del Instituto Real de Arquitectos Británicos, doctor del cuerpo académico de Gotinga, quien, más que arquitecto o ingeniero, había sido historiador y arqueólogo. Cavallari llegó a México en 1856 y al año siguiente se encuentra reorganizada la escuela para la carrera de arquitecto e ingeniero

El plan de estudios era de ocho años tomando en cuenta lo que ahora constituye la preparatoria. Se consideraba un curso elemental donde se aprendía matemáticas y dibujo (de ornato, de figuras y geométrico) y aprobados esos conocimientos, si los alumnos tenían 14 años de edad se podían seguir los siete años de estudios profesionales donde se impartían las siguientes materias:

Primer año: trigonometría, geometría analítica, dibujo y explicación de los órdenes clásicos, ornato arquitectónico y física.

Segundo año: secciones cónicas, cálculo diferencial e integral, copia de monumentos de todos los estilos y química inorgánico.

Tercer año: mecánica racional, geometría descriptiva, composición y combinación de las partes de un edificio con detalles de su construcción, elementos de geología y mineralogía y topografía.

Cuarto año: teoría estática de las construcciones, aplicaciones de la geometría descriptiva, arte de proyectar y dibujo de máquinas.

Quinto año: mecánica aplicada, teoría de las construcciones y estática de las bóvedas, composición de los edificios, estética de las bellas artes e historia de la arquitectura, instrumentos geodésicos y su aplicación.

Sexto año: construcción de caminos comunes de fierro, construcción de puentes, canales y demás obras hidráulicas, arquitectura legal.

Séptimo año: práctica con un ingeniero arquitecto titulado. Al terminar tenía que acompañar el examen profesional de dos proyectos, uno de ferrocarril y otro de un puente .

Los estatutos de 1857 abarcaban también a los maestros de obras, quienes debían acreditar por medio de un examen estar capacitados en las materias del mismo curso preparatorio de los arquitectos, y tener conocimientos prácticos de cimbras, andamios, reparaciones, y mezclas. Era requisito haber practicado tres años al lado de un maestro de obras o arquitecto titulado.


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